Lo que no entendió lo convirtió en motivo de burla, lo que le pareció extraño lo descalificó y, en algunos casos, la crítica terminó en mensajes de odio. No es una reacción nueva, porque cada vez que una generación joven inventa sus propias formas de expresión aparece alguien dispuesto a decir que eso es ridículo, que no tiene sentido o que algo está mal.
Pero ¿qué es eso de farmear aura? Farmear viene de los videojuegos y alude a repetir determinadas acciones para conseguir recursos, experiencia o alguna ventaja, mientras que el aura pertenece a ese mismo lenguaje de competencia y reconocimiento. Es carisma, presencia, estilo, capacidad de verse cool y conseguir que los demás lo reconozcan. Una pose, un movimiento, una referencia o una ocurrencia pueden sumar, y quien tiene más recursos para provocar esa reacción tiene más aura.
Los que están ahí lo saben, cachan las referencias y reconocen cuándo alguien acaba de sacar un movimiento cabrón, una ocurrencia chingona o algo que merece reconocimiento. Para quien mira desde afuera puede parecer solo un grupo de jóvenes haciendo movimientos extraños y “haciendo el ridículo”, pero todas las generaciones hemos hecho cosas que a los adultos de entonces les parecían “ridículas”.
Antes fueron el rock, el punk, el breakdance, los bailes callejeros, las formas de vestir y tantas otras expresiones juveniles que alguna vez parecieron una amenaza al buen gusto y terminaron formando parte de la cultura. La diferencia ahora está en las redes, la velocidad y la escala, porque una escena puede grabarse, compartirse y hacerse viral en instantes.
Y algo más, tampoco toda la intolerancia viene de los adultos. También hay jóvenes que se burlan o satanizan estas prácticas con la misma ferocidad que cualquier adulto escandalizado, porque la adultocracia no describe únicamente a una generación, sino también una manera de entender el mundo y una forma de autoridad que decide qué merece respeto, qué resulta aceptable y qué debe ser ridiculizado. Puede habitar tanto en un adulto como en un joven dispuesto a defender los códigos dominantes y a desconfiar de cualquier forma distinta de habitar el espacio público.
Erving Goffman recurrió al teatro para explicar la vida cotidiana y la manera en que construimos nuestra imagen frente a los demás. Hay quien actúa, quien observa y una impresión que se pone en juego. En el farmear aura esa lógica aparece con códigos específicos, pues quien entra en escena sabe que será observado, busca provocar una reacción y quienes están alrededor responden. La gracia está justamente en esa interacción, en saber qué hacer y conseguir que los demás sepan reconocerlo.
Dominar determinados movimientos, conocer referencias, tener recursos para sorprender o provocar una reacción también produce prestigio dentro del grupo. Ahí Bourdieu habría hablado de capital cultural y simbólico, ellos simplemente le llaman aura. No todas las habilidades pesan igual ni cualquiera consigue el mismo reconocimiento, porque también ahí existe una pequeña economía del prestigio, con sus propias reglas y valores.
Pero el asunto deja de ser solamente una competencia cuando estos jóvenes ocupan un espacio. Durante un rato aparecen otras reglas y la autoridad adulta pierde fuerza, son ellos quienes deciden qué vale, qué es chido, qué merece reconocimiento y cómo quieren relacionarse. Ahí está lo político, porque el espacio público también se disputa cuando quienes lo habitan dejan de aceptar el status quo.
Lo interesante es lo que hacen posible, un lugar donde alguien puede ser diferente, exagerado, cool, “raro” o hacer el “ridículo” sin quedar fuera; donde el reconocimiento viene de sus pares y no necesitan ajustarse a nuestras maneras de ser adulto, de divertirnos o de ocupar la calle. Una forma de socializar más horizontal, más incluyente y, en cierta medida, más libre.
Ernst Bloch llamó la atención sobre esos pequeños anticipos de un mundo que todavía no existe, pero que comienza a aparecer en el presente. Para el filósofo de la esperanza, la utopía no era un mundo perfecto esperando en el futuro, sino una posibilidad que se vuelve visible cuando empezamos a practicar otra forma de vivir.
No creo que un adolescente que intenta ganar aura esté pensando en Bloch, ni falta que hace. Las culturas no siempre saben qué están creando mientras lo hacen. Cuando generan espacios donde pueden ser distintos, divertirse, competir y pertenecer sin quedar fuera por no ajustarse a una norma, están ensayando una posibilidad.
Y quizá ahí esté la paradoja. Criticamos su mundo porque nos parece extraño, exagerado o hasta “ridículo”, cuando tal vez deberíamos mirarlo con menos condescendencia. Hay algo profundamente subversivo en una forma de socializar más horizontal, más incluyente y menos obsesionada con decirle al otro cómo debe ser para pertenecer.
Tal vez el farmear aura sea ese pequeño destello utópico de otro mundo posible. Y viendo cómo está el mundo que los adultos hemos construido, con tanta violencia, exclusión, intolerancia y soledad, quizá habría que pensarlo dos veces antes de decirles que el suyo está mal. Tal vez, en algunas cosas, el mundo que están ensayando sea bastante mejor que el nuestro.